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Sobre Oz y Dios

Tú, dorothy de El mago de Oz y yo… tenemos mucho en común.
Todos sabemos cómo es estar en tierras lejanas rodeados de gente extraña.
Aunque nuestro camino escogido no está cubierto de ladrillos amarillos, seguimos esperando que nos lleve a casa.
Las brujas del este quieren más que nuestros zapatos color rubí.
Y Dorothy no es la primera persona en encontrarse rodeada de gente carente de cerebro, corazón y columna vertebral.

Podemos comprender a Dorothy.
Pero cuando Dorothy llega a la Ciudad de Esmeralda la comparación es increíble. Pues lo que le dijo el mago, algunos piensan que es lo que Dios nos dice a nosotros.

Recuerdas la trama. Cada uno de los personajes principales se acerca al mago con alguna necesidad. Dorothy busca un camino a casa. El espantapájaros desea sabiduría. El hombre de lata desea un corazón. El león necesita valor. Según lo que han oído, el mago de Oz puede conceder las cuatro cosas. De modo que se acercan. Temblando y reverentes, se acercan. Tiemblan en su presencia y se les corta el aliento ante su poder. Y juntando todo el valor posible, le presentan sus pedidos.

¿Su respuesta? Él los ayudará luego que demuestren que lo merecen. Él los ayudará tan pronto como logren vencer la fuente de la maldad. Tráiganme la escoba de la bruja, dice él, y los ayudaré.

De modo que eso hacen. Escalan las paredes del castillo y destruyen a la bruja y, en el proceso, hacen unos descubrimientos sorprendentes. Descubren que pueden vencer al mal. Descubren que con un poco de suerte y una mente rápida puede enfrentarse a lo mejor que lo peor tiene para dar. Y descubren que pueden hacerlo todo sin el mago.

Lo cual es bueno porque cuando regresan a Oz, los cuatro se enteran de que el mago es un debilucho. La cortina se abre y queda expuesto el todopoderoso. Aquel que adoraban y temían es un profesor calvo y regordete que puede armar un buen espectáculo de luces, pero nada puede hacer por resolver sus problemas.

Sin embargo, se redime él mismo por lo que le muestra a este grupo de peregrinos. (Esta es la parte que me hace pensar que el mago quizás haya hecho un recorrido por los púlpitos antes de conseguir la posición de mago.) Le dice a Dorothy y compañía que todo el poder que necesitan es el que ya tienen. Les explica que el poder para solucionar sus problemas siempre había estado en ellos. Después de todo, ¿no habían demostrado sabiduría el espantapájaros, compasión el hombre de lata y valor el león cuando se enfrentaron a la bruja? Y Dorothy no necesita la ayuda del todopoderoso Oz; lo único que precisa es un buen globo de aire caliente.

La película acaba cuando Dorothy descubre que su peor pesadilla en realidad sólo era un mal sueño. Que su hogar en algún sitio más allá del arco iris se encontraba exactamente donde ella siempre había estado. Y que es agradable contar con amigos en lugares altos, pero a fin de cuentas, le corresponde a uno mismo encontrar su camino a casa.

¿La moraleja de El mago de Oz ? Todo lo que pueda llegar a hacerte falta, ya lo tienes.
El poder que necesitas es en realidad un poder que ya tienes. Sólo hace falta que busques con la suficiente profundidad, el tiempo necesario, y no habrá nada que no puedas hacer.

¿Te parece familiar? ¿Te parece patriótico? ¿Te parece… cristiano?

Durante años me pareció que lo era. Soy vástago de una robusta estirpe. Producto de una trabajadora cultura obrera que honraba la decencia, la lealtad, el trabajo arduo y amaba versículos de la Biblia como: «Dios ayuda al que se ayuda a sí mismo». (No, allí no se encuentra.)

«Dios lo inició y ahora debemos acabarlo», era nuestro lema. Él ha hecho la parte que le corresponde; ahora hacemos la nuestra. Es una propuesta de cincuenta por ciento cada uno. Un programa «hágalo usted mismo» que enfatiza la parte que nos toca y no asigna la importancia necesaria a la parte que le toca a Dios.

«Bienaventurados los ocupados», proclama esta teología, «pues ellos son los verdaderos cristianos».

No hay necesidad de los sobrenatural. No hay sitio para lo extraordinario. No hay lugar para lo trascendental. La oración se vuelve simbólica. (La verdadera fuerza está dentro de ti, no «allá arriba».) La comunión se convierte en un ritual. (El verdadero héroe eres tú, no Él.) ¿Y el Espíritu Santo? Pues, el Espíritu Santo llega a ser algo que oscila entre una buena disposición y una actitud mental positiva.

Es un enfoque que ve a Dios como quien dio cuerda al mundo y se alejó. Y la filosofía da resultado… siempre y cuando trabajes. Tu fe es fuerte, mientras seas fuerte. Tu posición es segura, mientras seas seguro. Tu vida es buena, mientras seas bueno.

Pero, ay de nosotros, es allí donde reside el problema. Según dijo el Maestro: «Ninguno hay bueno» ( Mateo 19.17 ). Tampoco hay ninguno que sea siempre fuerte; ni ninguno que siempre esté seguro.

El cristianismo «hágalo usted mismo» no es de gran aliento para el agobiado y agotado.
La autosantificación aporta poca esperanza para el adicto.
«Esfuérzate un poco más» alienta un poco al abusado.

Llegado cierto punto nos hace falta algo más que buenos consejos; necesitamos ayuda. En cierto momento de este viaje a casa nos damos cuenta de que una propuesta de cincuenta-cincuenta resulta insuficiente. Necesitamos más… más que un regordete mago que nos agradece por haber venido, pero que nos dice que el viaje fue innecesario.

Nos hace falta ayuda. Ayuda desde adentro para afuera. El tipo de ayuda que prometió Jesús. «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros» ( Juan 14.16–17 , énfasis mío).

Observa las palabras finales del versículo. Y al hacerlo, nota el lugar de morada de Dios: «en vosotros».

No cerca de nosotros. No arriba de nosotros. No alrededor de nosotros. Sino en nosotros. En la parte nuestra que ni siquiera conocemos. En el corazón que ningún otro ha visto. En los recovecos ocultos de nuestro ser mora, no un ángel, no una filosofía, no un genio, sino Dios.

Imagina eso.

Cuando mi hija Jenna tenía seis años de edad, la encontré de pie frente a un espejo de cuerpo entero. Estaba mirando dentro de su garganta. Le pregunté qué hacía y me contestó: «Estoy tratando de ver si Dios está en mi corazón».

Me reí y giré, y luego alcancé a escuchar que le preguntaba: «¿Estás allí adentro?» Cuando no obtuvo respuesta, se impacientó y habló por Él. Con la voz más grave que pudiera lograr una niña de seis años, dijo: «Sí».

Ella formula la pregunta correcta. «¿Estás allí adentro?» ¿Será que lo que dicen es cierto? ¿No bastó que aparecieras en una zarza o que morases en el templo? ¿No bastó que te convirtieses en carne humana y caminases sobre la tierra? ¿No bastó que dejases tu palabra y la promesa de tu regreso? ¿Era necesario que fueses aún más lejos? ¿Debiste establecer tu morada en nosotros?

«¿O ignoráis», escribió Pablo, «que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?» ( 1 Corintios 6.19 ).

Tal vez no lo sabías. Quizás no sabías que Dios llegaría a tanto para asegurar tu llegada a casa. Si ese no es tu caso, gracias por permitir que te lo recordase.

El mago dice mira dentro de ti y encuentra tu yo. Dios dice mira dentro de ti y encuentra a Dios. Lo primero te llevará a Kansas.

Lo último te llevará al cielo.

Escoge cuál ha de ser.

por MAX LUCADO / de «Cuando Dios susurra tu nombre»


Edith Gero es diseñadora gráfica, escritora, consejera bíblica y la creadora de Bahía Esperanza: un sitio amable donde romper el silencio y encontrar herramientas para la resolución de conflictos, más la motivación a un sano crecimiento diario.

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