Crecer,  Relaciones Interperson

Educar para la paz

 «Solícitos en guardar la unidad… en el vínculo de la paz». Efesios 4.3

Cuando yo era  niña no había televisión, ni computadoras, ni celulares… Había chozas de ramas, juegos de bolitas, ajedrez, y mirar el cielo tendida en el pasto. La música no podía descargarse, se escuchaba de los preciados vinilos que costaba tanto conseguir (yo ahorraba mis mesadas para comprarlos). Cocinar era un placer sin prisa: hacer galletas de navidad con mi abuela, aprender a esponjar suavemente el bizcochuelo, espiar cuando la anciana cocinera de casa salteaba  la cebolla esperando el momento en que nos descubriera y riendo calentara una rodaja de pan para compartir el dorado tesoro.

Cuando yo era niña la palabra «competencia» no estaba en mi diccionario. La gente se apoyaba en la vida calma de un pueblo sin urgencias.

La vida era amable. Mamá nos despertaba con alguna sinfonía sonando en el viejo tocadiscos. Mis amigos más cercanos vivían cruzando la montaña y valoraba la amistad como el largo camino que nos separaba (poder jugar con otros niños era un regalo que no se podía desperdiciar).  Crecí entonces sin competencia. Mi mayor acercamiento a tal palabra eran los torneos de tenis, o de frontón, o de ajedrez, donde lo importante (repetía mi padre) era participar y ganar lo de menos. Crecí  entendiendo que la vida hay que aprender a disfrutarla en los escasos momentos en que se puede hacerlo (y en el resto trabajar duro para conseguirlos) y que alegrarse solo es inmensamente aburrido, así que, concluía, siempre necesitaría estar unida a otros. Crecí aprendiendo que  ayudarnos  unos a otros era mejor que competir. Mis primeros años de estudio fueron en un colegio interno bastante especial, donde los más inteligentes no tenían el cuadro de honor sino el deber de apoyar a los más relegados. Mi primer trabajo lo logré con mi sola palabra, cuando los odiosos perfiles ni existían y los valores contaban más que estar sobre-o-poco-calificado.

Me pregunto cuando fue que todo cambió y nos olvidamos de trabajar por la paz para empezar esta era  donde nos arrancamos con palabras la piel a tiras  (y la alegría de vivir) buscando el lugar del otro a cualquier precio. La vida  hoy  es una guerra hostil en todo y por todo. Ganar es lo importante. Los negocios han dejado de ser un acuerdo de transacciónes razonables para transformarse en una guerra implacable. La música que siempre fue para el solaz del hombre hoy es una carrera feroz de castings y concursos. Leer tampoco es ya el  pacífico tiempo de   soñar despierto con un buen libro en las rodillas, porque lo que suele llegar a nuestras mesitas de luz  es alguna zaga de moda de autores que sacan libros en crudo  por causa de los tiempos requeridos para ganar algún ranking (y más dinero antes que la demanda «se enfríe»). Internet ya no es para compartir conocimiento sino una carrera alocada por quién llega antes a lo que sea. Ni iglesia ni matrimonio salen librados de buscar con lupa quien aporta o tiene más.

Hasta cocinar, que era de lo poco que se salvaba, hoy es el blanco de competencias despiadadas de chefs y aspirantes a…. ¿A qué aspiramos -me pregunto- cuando buscamos ganar a toda costa y por encima de otros?

Buscamos acaso poder, dinero, convocatoria, un puesto en las interminables mediciones de audiencia, un lugar en el podio de la efímera fama, sostener el carisma personal con el número de ¿»me gusta»?, eliminar al pobre que quedó rezagado y se vuelve el blanco de nuestras crítica despiadada, tener más posesiones, y más, y más…

Cuando hace un tiempo  las clases de comida en los canales Gourmet se transformaron en las «cupcakes war » y otras wars, mi paciencia tocó el límite. Cocinar y comer es para mí y los míos el tiempo de disfrutar, de tener un momento de paz, la comida reúne, apacigua. Como entender el «competir» mientras me tomo  todo el tiempo del mundo para esparcir el condimento amarillo sobre el arroz, y trato que la misma calma llegue a los que comerán lo que preparo. Analizé entonces lo que me venía molestando y decidí algunas cosas: como no dar más ningún «me gusta» a lo que no me gusta. Quiero vivir en paz y comer disfrutando lo poco o mucho que tengo en mi mesa. Quiero disfrutar del regalo de mis amigos sin que me importe  cuanto tienen o no. Quiero escribir y que solo lean o compren mis libros los que quieran, y los que no  poder recomendarles otro autor que les guste. Quiero seguir trabajando dando lo mejor sin  cuidarme de quien quiere lo que yo tengo. Quiero ayudar a los demás aunque no me lo paguen.  Quiero llevar más esperanza aunque eso enflaquezca mis bolsillos.  Quiero seguir pensando que lograr que otros lleguen más lejos es mejor que sobresalir.  Quiero apuntalar sueños ajenos  por encima de los míos. Quiero seguir potenciando los equipos de trabajo en vez de los escalafones.

Venimos del mismo Creador y un día volveremos a ser uno en Él, cuidemos  entretanto la unidad.

 

 Por una Zona Libre de competencia… (y llena de apoyarnos unos a otros)

 

Texto: Edith Gero

Imagen superior: Banco de Imágenes Gratuitas.

Imagen inferior: Creando Sueños

Edith Gero es pastora, escritora, consejera bíblica y la creadora de Bahía Esperanza. Un sitio amable donde romper el silencio y encontrar herramientas para la resolución de conflictos, más la motivación a un sano crecimiento diario.

2 Comentarios

  • Javier contreras hdez.

    Solo un pequeño detalle, que cada tiempo, como cada dia tiene su propio afan.
    Antes si, abia mas calma. Pero abia mas ignorancia por lo que pocos tenian el poder…..
    Pero hoy se exije mas conocimiento por lo que hay mas competencia…..
    Seamos realistas, no podemos seguir siendo un pueblo pacifico cuando pocos se llevan lo mejor de nuestro esfuerzo. Mejor pencemos estar mejor preparados para tomar lo que nos corresponde………
    He alli la competencia………

  • admin

    Javier, me permito disentir. No había más ignorancia antes, al contrario, hay conocimientos del extinguido pueblo celta por ejemplo que hoy, solo puede reproducirse por computadora, los cálculos manuales no llegan. La lucha por un poder mal entendido ha corrompido al hombre. Las relaciones humanas nunca serán un campo de poder y guerra, sino de amor, por eso hoy la familia y las relaciones están en crisis, porque se vuelven campos de poder.
    No hay mayor poder que el que otorga conquistarse a sí mismo, y amar.
    Estar preparados en excelencia cualquiera sea el rubro, para nada quiere decir que compitamos con los demás. De hecho estudio desde los 4 años y nunca he dejado de hacerlo, y no compito con los demás. Esta es mi apreciación, que parece ajustarse a la de Dios, ya que el mayor mandamiento es el amor, y a paz fuimos llamados. Nuestras luchas, no son contra carne ni sangre, sino espirituales. Gracias por compartir

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