Solemos  ser tan radicales que no reconocemos ni buscamos términos medios; vamos de un extremo a otro olvidando que si bien  algunas decisiones  pasarán por elegir blanco o negro, en el común de los días habrá una amplia gana de  tonalidades grises por examinar.

Avanzar hacia un equilibrio consciente  entre los claroscuros y los intermedios nos dará un punto de objetividad al menos para saber cuándo ir al extremo y cuando no.

Las relaciones interpersonales y las decisiones diarias que conllevan fluctúan cada día entre renunciar o pelear.  La mayoría pasa de uno a otro como si no hubiera alternativa,  como con rabia y una cierta sensación de merecer algo diferente.  Y también la mayoría se equivoca en el balance y elección entre dejar ir y retener.

Es fácil y demasiado superficial decir ‘renuncia y listo, búscate otra cosa” pero eso no es haber crecido por dentro, ni siquiera es examinar las reglas eternas de Dios.  Porque cada vez que se abandona algo, se pierde todo lo plantado en ello y volver a comenzar es volver a necesitar tiempo y fuerzas para lo nuevo.  Si siempre vivo “abandonando” cosecharé solamente abandono.  Ciertas expresiones como “si se quiere ir que se vaya yo no pienso cambiar” o “si no te gusta  ándate y listo, no me importa” denotan una  gran inmadurez e inseguridad. Grábate por favor esto: “Nadie siembra para dejarle la cosecha a otro”. Si tú siembras en algo pelearás por lo sembrado y por la cosecha.

Por supuesto, hasta un punto. Y acerca de eso justamente te invito a ahondar.

Hay relaciones que no vale la pena mantener, y en ellas NO es sabio ni sano permanecer luchando. Las relaciones enfermas, violentas, abusivas o dónde impera la traición o engaño hace tiempo que de hecho han producido su propio boicot y es sano blanquear tales situaciones y ponerles un alto. Y aquí hago un aparte, si la relación se ha quebrado por mentiras, abusos, indiferencia, falta de cuidado, etc; y la persona que lo detecta sigue en ella, terminará tan enferma mental y almaticamente como la relación.  Las relaciones no cambian “porque sí” y menos con el tiempo.  Una relación enferma  sólo tendrá oportunidad de cambio si se empieza por confrontar lo que ocurre y llevarlo a luz.

Pero; si la relación vale, a veces es necesario empeñar la vida luchando por ella. ¿La vida?  Sí, hasta la vida, porque el amor es así,  hasta la vida da por el otro.  Y si uno no está dispuesto a arriesgarlo todo por lo que ama, no ama, es así de fácil. Y relacionarse sin amor es perder el tiempo.  El amor es la ley del Universo, funcionar sin él es estar a contramano con la vida.

Imagínate a tu hijo, imagina cuidarlo sin amarlo, ¿sería posible? ¿Crecería bien el niño? No, lo amas, peleas por él y si alguien intenta dañarlo pondrás tu vida de por medio. Pero…. Cuando llegue a su adolescencia o aún antes, tendrás que renunciar y dejarlo tomar su camino. Si me vas siguiendo  tal vez ya estés analizando que en una misma relación pueden darse ambos tiempos: el de pelear y el de soltar. Hay relaciones por las que vale la pena jugarse y esforzarse, pero nadie logra detener a aquel  cuyo corazón ya se ha ido.

El punto de inflexión entre pelear por algo y renunciar ocurre en cada conflicto humano.  Algunos intentan “retener” al otro como si el amor pudiera atarse a un poste, y otros evidencian rápido el poco amor dejando ir al otro sin mayor aplicación a intentar solucionar el conflicto.  Los extremos en esto suelen ser peligrosos y pueden enfermar más la relación y a las personas involucradas:  querer detener al que quiere irse es no respetar su límites y hacerlo a través de amenazas o extorsión emocional evidencia  un serio problema interno,  en la otra punta dejar ir sin esfuerzo lo que amas demuestra que nunca amaste en serio ni tomas demasiado en cuenta tu propia siembra.

Creo que el punto  de equilibrio de todas estas situaciones es la renuncia. Ahora, la renuncia bíblica no tiene nada que ver con abandonar la batalla, por el contrario creo que renunciar es la mejor arma que empleamos en zanjar la situación porque renunciar implica reconocer la pequeñez humana de nuestro esfuerzo y rendir la situación ante Dios, entonces, sabremos que lo que ocurra, para bien o mal de lo que buscamos, será lo que Dios haya dispuesto  y será lo mejor para nosotros.  La renuncia bíblica no es abandonar, porque puede practicarse  aún sin terminar una relación y no significa que abandonemos los cambios necesarios para mejorar o lograr revertir un fracaso. Renunciar significa quitar el ídolo del corazón, darle el primer lugar a Dios de nuevo y permitir que Él pelee nuestras batallas.

Renunciar es entonces rendirnos a la Voluntad Superior, y permitir que el Mayor pelee nuestras batallas menores.

Abraham había orado toda su vida por ese hijo que Dios le concedió en su vejez, era su tesoro. Tal vez Dios quiso probar si el mandamiento mayor estaba en el corazón de Abraham, tal vez quería ver  quién estaba primero en lo más íntimo de su criatura. Entonces le pidió a su hijo.

No vaciló Abraham en llevar a su tesoro al monte ni en disponerlo para ser sacrificado. La renuncia del padre de la fe fue un ejemplo para todos nosotros, estudiantes ávidos de tal entrega. El patriarca conocía  a su Dios y frente a Él rindió lo que más amaba, sabiendo que  perdiéndolo o recuperándolo,  estaba en las mejores manos.

Cuando cada uno de nosotros se enfrenta a diario con elecciones difíciles entre cuándo soltar y hasta cuándo seguir batallando por algo, lo primero por hacer es ponerse de rodillas evidenciando esa actitud interior de rendición y soltar el lazo con eso que tal vez hemos amado o buscado toda la vida a través de la renuncia.  Como  caballeros que reconocen su posición rendimos nuestra espada de rodillas, porque sabemos ante Quién dejamos el resultado de la batalla.

Seguramente sigue la sensación del enorme vacío de haber dejado nuestra espada, ya no hay con que pelear, ya no hay con que sembrar. Ese vacío de ausencias físicas debe ser llenado con lo único que  nos nutre y prepara  para seguir: la palabra de Dios y una relación renovada con el Creador. Por regla general nunca debe dejarse un  lugar vacío para que no se llene de desperdicios y eso es lo que la renuncia hace: vacía, cede el control legal de lo que renunciamos;  así que elegiremos llenar ese espacio de cambios que las leyes eternas de Dios irán introduciendo en nosotros al ser palabra viva.  Paralelamente a esto y mientras esperamos el resultado de la batalla que hemos rendido, podemos tomar acciones consistentes de cuidado, atención y  cariño hacia lo que hemos perdido o  deseamos recuperar. Libres ahora interiormente luego de haber soltado, podemos todavía elegir trabajar por recuperar pero en una posición respetuosa y expectante de como Dios vaya moviendo los tiempos y formas, y también en total respeto a las decisiones de los demás involucrados. Para toda relación humana se precisan dos, y dos que deben querer ir en la misma dirección; no bastará por tanto los esfuerzos sin fin de uno solo si el otro no desea continuar. Aquí también podemos lograr un punto de equilibrio si nos esforzamos por un tiempo y luego si vemos que los resultados no son los esperados podemos plantearnos no seguir adelante sintiendo paz porque habremos hecho todo lo posible.

No hay reglas entre uno y otro punto,  pero si el principio de la sabiduría es el respeto a Dios; podemos indagar y buscar más de Él para encontrar la sabiduría y equilibrio entre ambos.

Texto: Edith Gero

Imagen: www.slideshare.net

3 thoughts on “Renunciar o pelear”

  1. Me sirvió de gran ayuda estoy iniciando un divorcio y no se si debería luchar por la relación o no e decidido dejarlo en manos de Dios. Hace mucho busque ayuda y no la había encontrado exelente pagina

  2. De verdad me desconcierta lo podre poner en practica quiero lo necesito.v

  3. Gracias por escribir esta pagina… en este momento tan difícil de mi vida encuentro esperanza y mucha Fe en saber que Dios llenará ese vacío tan grande y profundo…. mil gracias. Lo voy a leer muchas veces💖

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