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Secretos de familia

“Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto que no haya de saberse. Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas a la luz se oirá, y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas”. Lucas 12

La película “El guardián de la memoria” narra una historia tan espeluznante como repetida a lo largo de generaciones: secretos personales guardados que se transforman en secretos de familia y terminan dañando severamente a generaciones; porque así como el amor tiene un efecto multiplicador de luz y buenos frutos también lo escondido trae oscuridad que se propaga y se enquista.

“Todos tenemos secretos guardados Edith, por eso es tan importante lo que señalaste” me dijo una persona hace un tiempo luego que yo hablara  a los jóvenes sobre la importancia de “romper el silencio” como NO casualmente se llaman mis casillas de mail.  Tener secretos es lo normal para la inmensa mayoría y todo tipo de argumentos se esgrimen para seguirlos resguardando como los  enunciados debajo. Esto “normal” se traduce en verdaderas tradiciones erradas que las personas se acostumbran a ejercer desde pequeñas, sin preguntarse demasiado sobre su origen o veracidad.

Las excusas para seguir manteniendo secretos quieren evitar males mayores, sin embargo es mayor el daño producido al guardar que al revelar. El secreto siempre traerá daño colateral y en la mayoría de los casos la posibilidad de quiebre en la relación irá en directa proporción a la cantidad de tiempo que se ha guardado el secreto. Veamos los argumentos más comunes para excusar el secreto:

“No hablo para no lastimar”.  Se lastima más guardando que hablando. Si uno habla apenas la situación ocurra sólo tendremos el impacto inicial, si la guardamos tendremos el secreto más las mentiras que hemos ido enhebrando para seguir ocultando, y la mentira se percibe como traición.

“No hablo para que no me deje”. Si una persona no puede vivir con tu verdad, menos podrá vivir con las mentiras del otro.

“No hablo para no ofender”. La ofensa es algo dónde participa más el que la recibe y decide ofenderse que el que ofende. La verdad puede ofender pero es lo único que libera por lo tanto es lo único que deberíamos sostener, y mientras la decimos tenemos que estar preparados para la ofensa que provocará en el otro y permitirle expresar su dolor.  No abrazar la ofensa es nuestra diaria responsabilidad igual que el perdón. “Fieles son las heridas del amigo pero engañosos los besos del enemigo” cita Proverbios 27.6.

“No hablo porque estoy enojado, o por el enojo que traerá al otro» . La biblia dice  que podemos enojarnos, y que el pecado consiste en guardar el enojo ( porque esa es la correcta traducción de “no se ponga el sol sobre vuestro enojo” y no algo físico que tenga que ver con el ciclo solar). El enojo se resuelve entonces confesando.

“No confieso porque no tengo nadie de confianza”. La confesión es una decisión personal de obediencia a lo que Dios nos ha ordenado, y poco tiene que ver con lo que haga quien lo reciba. La confesión nos limpia por obediencia, no por la actitud del otro. Es claro que para preservar la privacidad es conveniente entregarla a personas maduras, sin embargo cuando el secreto es familiar o entre el matrimonio es imprescindible confesarlo a aquellos que se ha dañado al guardarlo, independientemente de las reacciones que tengan.

Las mentiras, engaños y secretos de familia han amparado todo tipo de heridas y males a lo largo de la historia, y el lamentable legado pasa de generación a generación con la única resistencia reconocida de que algunos deciden huir del legado, convencidos de poder empezar de nuevo lejos… Pero nadie puede ocultarse ni de sí mismo, ni de su historia, ni de Dios. La historia velada viaja de alguna manera en las valijas del alma y se replica inconscientemente en acciones oscuras, dejando preguntas angustiantes y una cierta sensación de estar librados a un azar oscuro.

Y eso es cierto. Mientras no enfrentemos y demos a luz lo guardado no comenzará ningún tipo de sanidad. Porque toda sanidad es atributo de Dios, y  en Él no puede hallarse ninguna oscuridad (“Dios es luz y no hay ninguna tiniebla en Él” 1de Juan 1:5). Como hemos reflexionado a lo largo de los años todo lo guardado está en oscuridad, hay que abrir  entonces los cajones sin miedo, desempolvar las fotografías olvidadas y atreverse a mirarlas a la luz  confrontando lo que sentimos para que comprendamos que no es la misma óptica la de la luz revelando la verdad que la de la oscuridad mostrando su engañosa pátina de polvo y moho.

Crecer implica hacernos responsables de lo que asumimos, y esto es así cada día de nuestra vida. Lo que no asumimos ayer deberemos enfrentarlo hoy si queremos cerrar el capítulo y sólo entonces el pasado puede ser adquirido como experiencia y deja de ser inconsciente que nos manipula a su antojo. “Hasta que lo inconsciente se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú lo llamarás destino…»  C.G. Jung

Dar a luz los secretos, y  todo eso tan guardado trae un efecto sanador que se maximiza al infinito en comparación a lo enfermo de lo escondido, que es mezquino salvo en lo que toca a su rápida reproducción en quistes malignos. Hablar los secretos de familia, buscar de ex profeso ámbitos y momentos para traer luz sobre lo guardado, traerá no solo restauración sino que ocurrirá un sano ejercicio de acostumbrarse a hablar de todo que Dios mediante se transformará en un hábito. Las mejores relaciones interpersonales están basadas en su habilidad para comunicar todo el tiempo la verdad y ser capaces de sostenerla.  Tienen un auténtico compromiso con la verdad.

Por el contrario sostener los secretos daña generaciones. Algún esposo esconde del otro un adulterio o un desfalco, un padre oculta un delito o un abuso; y los herederos algún día descubren el legado maximizado por el polvo y las mentiras, y se siente como una traición. Hasta que las personas no seamos capaces de sentarnos con el otro y hablar de lo pasado, asumir responsabilidades y procurar reparar  y redimir todo lo posible no veremos la Gracia de Dios cubriendo todo aquello que nosotros no logramos salvar acerca de lo ocurrido. Entonces nuestras generaciones podrán crecer en la libertad de la verdad.

“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Juan 8.32.

“Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros, para que seáis sanados”. Santiago 5.16

Texto: Edith Gero

Imagen: The Art Thief

 

 

Edith Gero es pastora, escritora, consejera bíblica y la creadora de Bahía Esperanza. Un sitio amable donde romper el silencio y encontrar herramientas para la resolución de conflictos, más la motivación a un sano crecimiento diario.

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