Es maravilloso sentir el abrazo de Dios cada mañana al despertar, y saber que ese día y todos tienen su sello de garantía. Sabes que el sol no te fatigará de día ni la luna de noche; que aunque un ejército acampe contra ti no temerá tu corazón. ¿Por qué? Porque tenemos seguridad de que el sacrificio del Hijo fue hecho una vez y para siempre. Nos abrió el camino, y nada lo puede cerrar. Ésa es la seguridad que te hace descansar y acostarte tranquilamente; y ya puedes dormir para levantarte cada día y dejar que Él te utilice para cumplir sus propósitos.

Es maravilloso mirar hacia atrás y ver, como en una película, que cuando un atisbo de desánimo se posa en mí, aparece Él con su abrazo y otra vez me muestra Su plan; y retomo mi quehacer con más ímpetu y gozo. Y cojo el arpa y el salterio y doy gritos de júbilo para gozarme en su amor y en su poder, porque es el único que logra ver en lo más profundo de mi ser y rescata mis sueños, mis anhelos, y todo el potencial que me dio desde antes de todos los tiempos.

Y yo miro por entre las gruesas gotas de la lluvia que cae hoy en Castilla, rogando que mi río no se seque del todo, que la garza blanca no se vaya a pesar de que ya llega el otoño. Miro y sigue ahí, sola, pero poseedora de una serena hermosura. Con su cuello erguido y su pico más firme que nunca; cada vez parece más confiada, más segura. Se sabe, ¡seguro!, parte de la creación; se alegra porque sabe que el ánimo decaído seca los huesos. Y perdona que le sequen el río que la alimenta porque sabe que si perdona cultivará el amor. Y que si su corazón está tranquilo dará vida a su cuerpo. Se alegra de no tener envidia porque ésta corroe los huesos. Y mira las hojas amarillas de los árboles, el cielo gris que aun así tiene su encanto, y da gracias por tener un día más para contemplarlos y recomenzar…

Y yo me despierto asombrada otro día, sintiendo el abrazo de Dios rodeándome; y le pido que me guíe y sólo me deje coger las pesas exactas, porque sé que a Él no le gustan las balanzas adulteradas. Le pido que no me destruya la hipocresía, que no tenga las manos ociosas; ni ojos altivos ni el corazón orgulloso. Que levante mi voz por los que no la tienen. Que vea el peligro y lo evite, que no me alegre cuando caigan mis enemigos… Que no me parezcan deliciosos manjares las murmuraciones pues dividen a los amigos. Que vele por la concordia aunque tenga que comer pan duro… Que mis palabras sean como un panal de miel. Que ame en todo tiempo… Parafraseo.

Texto: Jacqueline Alencar
Imagen : Protestante Digital

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