Tantas veces, a lo largo de mi vida, he asumido que no estoy a la altura de las circunstancias.
Mi santidad no es la que deseo, mis alas resultan cortas para tan alto vuelo y el capital de que dispongo no alcanza, ni de lejos, para la deuda que hay en mi contra.
Entonces, a punto de abandonar, aparece Él y ante un mar de culpabilidad se abren mil océanos de Gracia.
– No te amo por lo que haces -me dice-, te amo por quien eres… Es más, ni siquiera te amo por quién eres tú, sino por quién soy yo.
– Pero, a veces dudo de todo -confieso-. Dudo de todos…
No me reprocha sino que me sonríe y luego me dice:
– Predica la fe hasta que la tengas y luego predícala porque la tienes…

Su voz me sana… En Su abrazo se disipa mi temor y en Su amor se diluye mi duda.

por Jose Luis Navajo

Imagen: Banco de Imágenes Gratis

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