Dedíquense a la oración: perseveren en ella con agradecimiento Colosenses 4:2 | NVI
Estoy controlando mi peso. La salud de mi columna vertebral es tan impecablemente mala que unos gramos de más suponen un riesgo y unos kilos de exceso son dinamita para mí precaria estructura ósea.
Este verano nos hemos retirado a descansar a un bonito reducto a orillas del Mediterráneo.
Uno de mis máximos deleites es caminar junto al mar. Soy adicto a largos paseos por la playa. Cuando leo la bella descripción del cielo que hace el libro de Apocalipsis, no me fascinan las calles de oro, lo que me cautiva es el mar de cristal, y albergo la íntima esperanza de que ese mar sea licuado, pues caminar a buen ritmo por la orilla, sintiendo el agua lamiendo mis pies y un sol tibio acariciando mi espalda, es mi placer supremo.
A medida que se agotaban las vacaciones un temor creciente fue haciendo su aparición: la inminente visita a la báscula.
Había intentado ser prudente al comer, pero temí que los pocos excesos del verano se verían, inevitablemente, reflejados en la báscula.
Sentí pánico de ese artilugio acusador… de la cifra que me vomitaría a la cara cuando me aupase sobre esa estructura ensamblada en las factorías del infierno.
Llegó el día inevitable y caminé hacia el peso como quien se dirige a su ejecución. Me encaramé conteniendo la respiración por si el oxigeno pesase. Metí tripa por si eso ayudaba. Posé el Segundo pie lentamente, con infinita suavidad, intentando que la báscula no lo notase, y casi de reojo Leí los dígitos.
¡No podía creerlo!
Me froté los ojos y volví a leer.
¡No había subido de peso!
Busqué una explicación a ese fenómeno paranormal y pronto encontré la respuesta: prudencia al comer y largas caminatas junto el mar, eso había marcado la diferencia. Recorrer kilómetros a buen ritmo, enfrentando la resistencia del agua, había sido una terapia que neutralizó a los pequeños deslices en la comida.

Reflexioné enseguida que lo que ocurre en el cuerpo también sucede en el alma. La gimnasia del alma es la oración. Pocas cosas son tan recomendables como largos paseos por los páramos de la oración, sintiendo el Agua de Vida refrescando nuestros pies y la caricia del Sol de Justicia confortando nuestra alma.

Texto e imagen: Jose Luis Navajo

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